Como una bella, encima de blandos almohadones,
con una mano distraída y ligera, acaricia
el contorno de sus pechos antes de dormirse.
Sobre la espalda plateada de melodiosos aludes,
agonizante, se libra a largos desmayos,
y reposa sus ojos por las visiones blancas
que suben en lo azul como floraciones.
Cuando alguna vez sobre este globo, en su languidez ociosa,
deja hilar una lágrima furtiva,
un poeta piadoso, enemigo del sueño,
toma esta lágrima pálida en el hueco de su mano
de reflejos satinados como un fragmento opalino
y la guarda en su corazón lejos de la mirada del sol

